¿Quién dijo que las segundas partes nunca fueron buenas?
En esta ocasión sí que lo fue, si no mejor al menos igual de buena....
Volvimos a disfrutar de imágenes que podrían formar parte de un cuento medieval con princesas y caballeros...


De nuevo paseamos por las calles de Cuenca con sus subidas y bajadas, vimos correr el río bajo nuestros pies desde un pequeño puente y disfrutamos de un café calentito en la cafatería de un hostal con unas maravillosas vistas.

Una vez más caminamos por senderos que se perdían en el bosque, mientras las hojas caídas por el efecto del otoño crujían bajo nuestros pies mostrándonos piñas que aun conservaban la humedad y el verdor que delataban su reciente aterrizaje.

Recordamos colores únicos en esa época del año que pasaban del verde al ocre intercalando rojos, naranjas y amarillos...
Las lagunas nos cautivaron de nuevo, cada una nos mostró su color característico dependiendo de la vegetación o el tipo de caliza que atesoraba en su fondo, alguna incluso nos contó su historia que, leyenda o cuento, en ese momento se agradecía como si fuésemos niños y nos tocara nuestra ración de fantasía.

La Laguna de la Gitana nos contó que, a finales de la Edad Media, los hijos de dos familias enemigas gitanas se enamoraron. Su amor no pudo ser posible por las diferencias familiares y la doncella, rota por el dolor, perdió el sentido y desapareció un día en esta laguna. En recuerdo a la gitana se clavó una cruz en su orilla, por eso también se la conoce con el nombre de Laguna de la Cruz.
Cada verano la laguna cambia de color del verde-azulado al blanco-lechoso en recuerdo del amor puro.
Cada una de las siete lagunas tiene algo que la hace única y especial.


Incluso el Lagunillo tiene ese encanto suyo tan peculiar, no sólo es diferente en tamaño comparado con el resto de las Lagunas, sino que además el agua es la más oscura de todas por la cantidad de vegetación que acoge.

Y una vez más elegí a la Laguna de la Parra como mi favorita, su color turquesa consiguió de nuevo que mi corazón latiera con más intensidad al disfrutar no sólo de su hermosura, también de la combinación de sonidos que cubren el ambiente cuando llegas a su orilla; la brisa balancea suavemente las hojas de los árboles acompañadas por el canto de los pájaros, se respira una paz que casi provoca temor por la falta de costumbre.



Además descubrimos cosas nuevas como esculturas de piedra que artistas como el viento y el agua han ido tallando lenta y pacientemente con el trabajo de muchos, muchísimos años....
Pequeñas "hadas" voladoras que nos observaban escondidas entre las ramas...
Árboles centenarios que bien podrían contarnos montones de historias y anécdotas acumuladas y vividas con el pasar de los años...

Y sobre todo, volvimos a compartir risas y confidencias delante del fuego con una caimada, hubo tiempo para todo a pesar de ser escaso, incluso para hacer gorros de punto que nos aliviaran del frío que pasamos, largos paseos y unos cuantos kilómetros recorridos donde la unión que teníamos este grupo de amigas se hizo aún más sólida.
¿Qué queréis que os diga? Que no me importaría que hubiera una tercera parte, y una cuarta, una quinta.......





odys dijo
Las lagunas me han recordado a los lagos de Somiedo, donde estuve acampando este verano durante una semana, aunque el resto -flora, fauna, orografía o arquitectura-, tenga poco o nada que ver. También por aquí tenemos brujas pirujas, aunque las nuestras suelen pasar de los doscientos años y tienen cara de sapo y profusos bigotes, nada que ver tampoco con la de la foto.
Besos, collejazo y un poco de muérdago.
10 Febrero 2010 | 10:36 PM